Comentario Nº 98, 1 de octubre de 2002
La Batalla de las Resoluciones
La segunda guerra entre Estados Unidos e Iraq atraviesa sus primeras escaramuzas. Se trata de la batalla de las resoluciones, dos para ser exactos, una que debe ser aprobada por el Congreso estadounidense y otra por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
La historia se inició a comienzos del verano de 2002. Es obvio que para entonces el gobierno estadounidense había tomado ya la decisión de invadir pronto Iraq. Los halcones creían que habían ganado abrumadoramente la batalla interna en Estados Unidos. Lo que querían era una invasión en octubre, sin ningún tipo de resoluciones. No las querían por dos razones: pensaban que podría haber cierta dificultad en obtener el tipo de resoluciones que les resultaran aceptables; pero lo que es aún más importante, querían mostrar que no las necesitaban, ni ahora ni en el futuro. Deseaban establecer el principio de que el gobierno estadounidense podía lanzarse y se lanzaría a una acción preventiva en cualquier lugar y momento que considerara oportuno. Y querían comenzar la guerra en octubre para garantizar una mayoría republicana en ambas cámaras del Congreso en las elecciones de noviembre .
Con gran sorpresa para ellos el gobierno estadounidense se encontró con más oposición de la que esperaba, no sólo de los aliados dudosos (Francia, Rusia, China, Arabia Saudí, Egipto, los demócratas estadounidenses) sino de procedencias más influyentes: los llamados "viejos Bushies" (esto es, personalidades republicanas de alto rango); el congresista Armey, líder de la mayoría republicana en la Casa de Representantes; y una larga lista de generales en la reserva muy destacados (que obviamente hablaban en nombre de los generales en activo). Por añadidura, Tony Blair explicó que le estaba costando conseguir el apoyo de la opinión pública y los políticos británicos. La figura central, el presidente Bush en persona, decidió que tenía que poner un dique a la pérdida de apoyos y que la mejor forma de hacerlo era mediante las resoluciones. Los principales argumentos internos eran tres: a) El gobierno estadounidense podía lograr que se aprobaran; b) Saddam Hussein nunca aceptaría auténticas inspecciones; c) Estados Unidos podría iniciar entonces la guerra en enero pero con mayor apoyo internacional y nacional. Enero parece ser una fecha límite impuesta por los militares estadounidenses debido a las condiciones climáticas de Iraq. Si no es en enero, entonces habría que esperar entre seis y nueve meses. Además, la lucha por la aprobación de las resoluciones, al poner entre la espada y la pared a los demócratas, serviría casi tanto como una guerra real en las elecciones de noviembre.
Así pues, Bush pronunció en septiembre su discurso ante la ONU, y pidió que se aprobaran sus dos soluciones (la de la ONU y la del Congreso estadounidense). Esta decisión fue de hecho una pequeña victoria de Powell + los generales del ejército + la facción "viejos Bushies". Su satisfacción y apaciguamiento se pudo constatar el artículo de felicitación que escribió inmediatamente James A. Baker. La menor satisfacción de los halcones también se pudo comprobar con gran detalle en el artículo publicado justo antes del discurso en el número de septiembre de la revista Commentary por el viejo superhalcón Norman Podhoretz. El artículo se titula "Alabanza de la doctrina Bush". Es un artículo fascinante y vale la pena leerlo con atención. Hay en él tres afirmaciones: (1) La doctrina Bush de la acción preventiva es magnífica y corresponde a la tradición de Ronald Reagan y no de Bush padre; (2) Bush (junior) no adoptó esa estupenda actitud hasta el 11 de septiembre; (3) Bush parece estar vacilando ahora. La frase clave, en buen estilo coloquial americano es: "Eso no quiere decir que esté todavía por ver si Bush caminará el camino tan bien como ha dicho lo dicho".
Lo que Podhoretz tiene en mente en cuanto a "caminar el camino" es que, tras Afganistán e Irán, Bush debería atacar no sólo Irán y Corea del Norte sino también Siria, Líbano, Libia y luego Arabia Saudí, Egipto y la Autoridad palestina (aun sin Arafat). Sólo excluye a Pakistán por el cambio de rumbo de Musharraf, pero si éste desapareciera es evidente que Podhoretz incluiría también a Pakistán en la lista. Así pues, al menos conocemos lo que piensan los halcones sobre la guerra absolutamente continua en el mundo musulmán (y sin duda más allá: ¿Cuba?).
Pero lo que yo puedo entender lo pueden entender igualmente los miembros del Congreso estadounidense y del Consejo de Seguridad de la ONU. ¿Aprobarán entonces las resoluciones? Sí, por supuesto, pero esa no es la batalla, la batalla está en los términos de las resoluciones, y en la propia forma que revista esa batalla.
En el Congreso estadounidense la batalla se está desarrollando con una mezcla de intimidación y evasivas. Los seguidores de Bush amenazan a los demócratas con una acusación de entreguismo o algo peor si no votan la resolución tal como quiere el gobierno. Esto ha funcionado eficazmente hasta cierto punto. La dirección demócrata se ha mostrado propicia a acordar rápidamente una resolución de forma que pueda emplear el resto del tiempo antes de las elecciones para recordar a los votantes otras cuestiones (la situación de la economía, las amenazas a la seguridad social, los seguros para los mayores que necesitan medicinas, etc.). Pero entre los votantes ordinarios hay mucha inquietud sobre la guerra. Al Gore decidió iniciar su nueva campaña para la presidencia dando a conocer una nota de gran cautela sobre Iraq. Está siendo atrozmente denunciado por ello. Sin embargo, su discurso fue suficiente para animar al senador Kennedy (y a otros) a seguir su ejemplo, para que Tom Daschle expresara la irritación del público por el ataque de Bush contra los demócratas por su supuesta falta de "preocupación por la seguridad nacional" de los demócratas y para que el congresista Bonior, nº 2 de los demócratas en la Casa de Representantes, volara hasta Bagdad y dijera: no nos lancemos por las buenas a la guerra. El resultado de todo esto es que la proposición originalmente propuesta se ha aguado ligeramente. Ya no dejará a Bush las manos libres para cualquier acción militar que se le ocurra, sino sólo para una en Iraq. Esa versión será probablemente aprobada con una gran mayoría en una semana o dos, aunque todavía puede haber alguna disputa sobre los términos exactos.
El debate del Consejo de Seguridad de la ONU será probablemente más difícil para Bush. Estados Unidos quiere una fecha límite concreta para el desarme de Iraq y una autorización para la guerra si no se cumple. Iraq ha confundido a Bush diciendo que aceptará a los inspectores, pero al parecer sobre la base de la última resolución de la ONU (1998) que Estados Unidos encuentra ahora muy por debajo de lo aceptable. Hans Blix está negociando ahora en Viena en nombre de las Naciones Unidas el regreso de los inspectores, por supuesto sobre la base de la resolución existente, la de 1998.
Entretanto, Estados Unidos ha estado ejerciendo una fuerte presión sobre los tres miembros permanentes del Consejo de Seguridad que todavía dudan –Francia, Rusia y China– para hacerles aceptar (o al menos no vetar) lo que propondrán los británicos (que es lo que desea Estados Unidos). Hasta ahora, los tres han hecho declaraciones ambivalentes. Francia ha dicho que no quiere que en la resolución haya una autorización para la guerra, y que tal autorización debería en todo caso aparecer en una resolución posterior, una vez que se compruebe que Iraq no ha cumplido la primera resolución. La versión francesa podría retrasar la guerra durante un tiempo, el que llevara decidir si Iraq ha cumplido o no la primera resolución, y habría de ponerse de acuerdo en que no lo ha hecho. Así pues, una fórmula que contuviera la necesidad de una nueva resolución nos llevaría más allá de enero, y por tanto hasta el verano de 2003. Francia, Rusia y China se observan mutuamente y probablemente sincronizarán en cierto sentido sus posiciones finales. En este momento no podemos estar seguros de los términos exactos de la resolución de la ONU. Pero incluso con la enorme presión estadounidense, es probable que sea más débil de lo que desea Estados Unidos.
Así pues, ¿qué podemos esperar? Una resolución muy enérgica del congreso estadounidense, resultados electorales inciertos en noviembre y una resolución tibia de la ONU. Y luego respuestas ambiguas de Saddam Hussein a cualquier cosa que la ONU trate de hacer. Cuando llegue diciembre estaremos en el momento de decidir. El mundo no estará de acuerdo sobre si Saddam Hussein está cumpliendo o no la resolución de la ONU. Y nos hallaremos de nuevo frente a la posibilidad de que Estados Unidos se lance solo a la guerra (probablemente acompañado de Gran Bretaña). Para los halcones será ahora o nunca, y empujarán cuanto puedan para ir a por todas en enero, con o sin la aprobación internacional. El presidente Bush será entonces su héroe o su villano. Apostaría a que prefiere ser su héroe, sean cuales fueren las consecuencias a largo plazo.
Immanuel Wallerstein (1 de octubre de 2002).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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